Gabi sabe hablar alemán mejor que yo
Gabi habla mejor alemán que yo.
Esta frase no te diría nada si no supieras que Gabi es mi gata, o mejor dicho, yo soy su humana. Hace justo tres años, una oportunidad laboral llamó a mi puerta (la tiró casi abajo), y con esa oportunidad llegó la mayor indecisión de mi vida: ¿Qué hago con mi gata? No, obviamente esa no fue la pregunta. La gata se venía conmigo. Pero… ¿y cómo? ¿Y si le pasa algo? ¿Y si no le sienta bien el cambio? ¿Y si se estresa? ¿Y el vuelo? ¿Y si se pone mala allí? ¿Y quién se queda con ella en vacaciones? ¿Y si cae un meteorito en la Tierraaaa…?
Es increíble la cantidad de escenarios catastróficos que mi cabeza fue capaz de explorar hasta que finalmente acepté la oferta. Así comenzó lo que catalogué como Operación Gabi.
La Operación Gabi consistía en mudarme a un país cuyo idioma desconocía por completo,
encontrar una casa que admitiera animales (sí, en eso seguimos aún), sobrevivir en una habitación de 6 m² en un hotel, preparar una mudanza y no perder el trabajo que me había llevado hasta ese lugar del norte de Alemania.
A ojos de un español, no podía ser muy complicado en el país de la eficiencia.
Spoiler: ¡atropéllame camión!
Tardé casi cuatro meses en encontrar casa, hacerla habitable y alcanzar cierta estabilidad emocional y física. Fueron cuatro meses muy difíciles, especialmente porque Gabi no estaba conmigo.
Durante ese período de asentamiento, la dejé en casa de mis padres, que era casi como su hogar porque habíamos vivido juntos un par de años.
Mucha gente me preguntó si me había planteado dejarla con ellos.
Sinceramente, pasó por mi cabeza al principio, única y exclusivamente para ahorrarle cualquier tipo de sufrimiento o estrés.
No sé si hubiera sido mejor para ella, pero a mí me habría roto.
No fui consciente de cuánto me afectaba su ausencia hasta que pasé esos cuatro meses en los que estaba triste sin un motivo claro. Simplemente me faltaba algo.
Viajaba a Madrid, casi (o sin el casi) cada mes, y cada vez que me volvía sentía que se me desgarraba el alma.
Una buena amiga me dijo: «Tú eres su familia. Aunque esté bien con tus padres, ella estará bien donde esté contigo.»
Y así fue como confié en esas palabras y empecé a preparar su mudanza. Abril de 2023.
Madrid-Bremen no tiene vuelo directo.
Fuck.
Perder la escala en mitad de Alemania supondría mi muerte súbita. No quería arriesgarme a derrapar por un aeropuerto si el primer vuelo se retrasaba. Dos despegues, dos aterrizajes, mil posibles dramas. Quienes lo han hecho, lo saben.
La alternativa fue volar a una ciudad cercana con vuelo directo. Elegí Iberia, para que en caso de crisis al menos habláramos el mismo idioma. Y alquilar un coche al salir del aeropuerto, rumbo a la ciudad donde viviríamos, al menos, tres años más.
Me metí en la web de la aerolínea y, como si no se respirara pobreza, reservé un billete en business para que Gabi tuviera su propio asiento.
Era la primera vez en mi vida que volaba en business. La segunda será probablemente cuando me vuelva a España. Y nunca más se repetirá, porque por una hija, se hace lo que haga falta.
Sin darme cuenta, me planté en el Día D.
Creo que no he estado más nerviosa en mi vida. La gabapentina me la tendría que haber tomado yo, sobre todo porque Gabi es especialista en no tomarse pastillas. Así que creo que desparramé unas cuantas entre trozos de pavo dentro del transportín y me dije: que sea lo que Dios quiera.
Después de meses entrenándola para que no odiara su transportín “reglamentario” nuevo… efectivamente, seguía sin estar entrenada. La idea de estar encerrada en ese lugar no le hizo ninguna gracia.
No solo había intentado dejarle premios dentro, mantitas o juguetes. Había comprado varios modelos para ver si alguno le parecía más cómodo.
Para sorpresa de nadie, ninguno resultó efectivo.
Así que allá fuimos, camino al aeropuerto: yo al borde del colapso, y ella empujando con su trufita la puerta del transportín.
Llegadas a la T4, la señora del control me dijo muy ingenuamente:
—Tienes que sacar a la gata para pasar el arco de seguridad.
Boom.
Estaba a medio paso de estallar… y estallé.
La gente no tiene empatía ninguna.
Recuerdo que en uno de mis viajes anteriores, en la T2, ya había preguntado si era necesario sacar a los gatos del transportín, y aquella señora me respondió:
—No, no, tranquila, que los gatos se asustan mucho y se pueden escapar.
Gracias a Dios, pensé entonces.
Pero en la T4, la evolución no había llegado aún.
Así que, ante la imposición de aquella otra señora, exploté en lágrimas de desesperación y angustia.
Debió tocarle alguna fibra sensible, porque me ofreció la alternativa de llamar a la policía y que ellos decidieran.
A mí me daba igual si llamaban a los bomberos, a la UME o al Papa de Roma (que en paz descanse).
Y allí terminamos: Gabi, yo y la Guardia Civil.
Revisaron el transportín para comprobar que no llevaba explosivos ni drogas, más allá de la gabapentina, y me dejaron pasar con ella a través del arco.
Creo que, años después, sigo sintiendo la angustia de aquel día.
Pasamos brevemente por la sala VIP —obviamente para evitar ruido, no por el café, que ni lo probé— y poco después nos subimos al avión.
Recuerdo que me daba igual todo: no quería comer, solo quería que Gabi estuviera tranquila y que ese trance se acabara pronto.
Llegamos a Hamburgo relativamente bien.
En mitad del vuelo me entró la paranoia de haber envenenado a la gata con demasiada gabapentina, y le escribí a mi padre para que contactara con el veterinario (sí, loca perdida ya).
Luego recordé que la mayoría de la gabapentina había acabado esparcida por el transportín y no en el estómago de Gabi.
Por lo demás, todo en orden.
Me gustaría destacar que la compañía aérea me hizo firmar un papel en el que decía que si el animal molestaba, podían moverlo a otra parte del avión donde no perturbara a nadie.
No comments.
Al llegar a Hamburgo, recogimos el coche y, tras tragarnos algún atasco por obras, llegamos por fin a casa.
Lo tenía todo preparado para ella: protecciones en ventanas y terraza, su arenero, sus camitas, sus juguetes (para ignorarlos como siempre), su comida… y una semana entera de vacaciones para estar con ella hasta que se adaptara.
La verdad es que, sorprendentemente, le costó menos de lo que esperaba, y menos que en mudanzas anteriores en Madrid.
Quizás ya era una gata adulta que sabía gestionar mejor sus emociones.
Desde luego, mucho mejor que yo.
Muchas gracias a Laura por contarnos su experiencia.
Y a Gabi, por ser tan preciosa.